El ‘Dragón de Hierro’, ¿héroe o villano?

Agustín de Iturbide, el segundo padre de la Patria de México

Seguramente muchos de los lectores coincidirán con el título de villano al personaje de Agustín de Iturbide, consumador de la Independencia y Emperador de México.

Posterior a la sangrienta guerra que terminó con la colonia que era la Nueva España, el Dragón de Hierro tomó una inesperada decisión.

A pesar de haber combatido contra la monarquía, se proclamó Emperador de México, aun cuando por más de 10 años luchara a favor de su extinción.

Pedro Fernández, autor del libro ‘Iturbide, el otro padre de la patria’ compartió su postura sobre el controversial líder a un medio digital hace años e insiste en que el país que hoy es México no hubiera sido posible sin el papel del polémico personaje.

Sin embargo, su papel como consumador de la independencia de España es algo que tampoco se le ha reconocido, otorgándole el crédito a Miguel Hidalgo y Costilla, sacerdote que empezó la revuelta armada contra el reino de España al amanecer del 16 de septiembre de 1810, pero la historia la escriben los vencedores y en el imaginario colectivo olvidan que fue detenido y fusilado antes de concluir la tarea.

Posterior al fusilamiento de Hidalgo, fue precisamente Iturbide quien asumió el liderazgo, y aliado con otros líderes insurgentes consiguió la separación del país.

Se cree que uno de los motivos de Iturbide fue ver los excesos de los españoles de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Agustìn de Iturbide

El Dragón de Hierro

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu, el nombre completo del personaje, nació en 1783 en la actual capital del estado de Michoacán, Morelia, que para ese entonces se llamaba Valladolid.

Su familia, una de las más acaudaladas de la región, era parte de la nobleza en la Nueva España.

Pero Iturbide no siguió el camino de la familia, propietaria de comercios y haciendas. En cambio, se unió al Ejército Realista donde tuvo una carrera exitosa.

En 1810 supo de las conspiraciones en pro de un movimiento armado para separar al territorio de España.

Sin embargo, el militar no se unió a la insurrección iniciada por el cura Miguel Hidalgo, y por el contrario defendió a Valladolid de los ataques insurgentes.

De hecho, durante los años siguientes fue un implacable perseguidor de los independentistas. Fue en estos años que se le bautizó como ‘El Dragón de Hierro’.

Pero, según los historiadores, en realidad Iturbide estaba a favor de acabar con el dominio de la Corona española.

Simplemente no estaba de acuerdo con la forma como Hidalgo y José María Morelos y Pavón, el otro líder insurgente, realizaban la guerra.

El ejército que encabezaban era improvisado, a veces sin control y cometía excesos. Y uno de los episodios que lo reflejan fue la batalla por la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato.

Las razones de Iturbide

Paradójicamente el implacable perseguidor de los insurgentes retomó la lucha de Hidalgo en 1820.

La Corona lo acusó de corrupción y canceló su mando en el ejército. Y aunque Iturbide evitó ser encarcelado, entendió el trato diferente que había para los nacidos en el país y los peninsulares, originarios de España.

Así, junto con el único líder insurgente que seguía en armas, Vicente Guerrero, formula el Plan de Iguala para separar al territorio de la Península.

Un año después, en septiembre de 1821, se consolidó la independencia. Y en julio de 1822 el Dragón de Hierro fue designado emperador, bajo el nombre de Agustín I.

¿Por qué? Pedro Fernández cree que fue casi inevitable. El país se encontraba en bancarrota tras una década de guerras.

Los criollos e incluso algunos peninsulares seguían con atención la crisis en España, donde el rey Fernando VII fue obligado a jurar la Constitución de Cádiz.

Un gobierno republicano acechaba a la Nueva España y eso significaba perder privilegios. Y en 1821, existía una tendencia favorable a establecer un imperio en el territorio.

Así, cuando Iturbide al frente del Ejército Trigarante asume el control de la capital y se firma el acta de independencia, la idea gana adeptos.

De hecho, ése era el plan original. El documento que concreta la separación se llama “Acta de Independencia del Imperio Mexicano”.

Y declara “solemnemente, por medio de la Junta Suprema del Imperio, que es Nación Soberana e Independiente de la antigua España”.

Un imperio era, pues, el destino de México.

Y, en ese escenario, el mejor candidato para encabezarlo era Iturbide, un hombre “inmensamente popular, de alguna u otra forma hubiera terminado siendo emperador”.

Así fue, aunque no de la mejor manera. Una turba –algunos creen que fue pagada- declaró al militar como emperador del país.

Luego amenazó a los diputados para que concretaran el plan, pero el imperio no duró mucho.

El país estaba en bancarrota, a tal nivel que incluso las joyas para la ceremonia de la coronación de Iturbide “eran prestadas y las tuvieron que regresar al día siguiente de la ceremonia.

El nuevo Imperio Mexicano era tan pobre que las joyas de su entronación fueron prestadas y hubo que devolverlas al día siguiente.

En marzo de 1823 Agustín de Iturbide abdicó al imperio y se exilió en Europa. Regresó un año más tarde, pero fue detenido y fusilado.

El juicio de la historia

Desde entonces empezó a construirse la mala imagen de Iturbide, en parte por sus acciones, pero también por la disputa política y revueltas que caracterizaron el siglo XIX en México.

Hubo algunos episodios emblemáticos, como en 1921, cuando se retiró el nombre del emperador en el muro de la Cámara de Diputados donde se recordaba a los héroes del país.

La imagen se mantuvo en las décadas siguientes, especialmente durante el gobierno del PRI, que se proclamaba heredero de la Revolución Mexicana.

“Iturbide cometió el crimen de ser grande” y seis balas de un pelotón de fusilamiento terminaron con su vida un día como hoy, pero de hace 196 años, luego de que se hiciera efectivo un ‘decreto ad terrorem’ que ni el propio Congreso que lo había redactado consideraba que algún día sería aplicado.

El fusilamiento

Cinco días antes de su asesinato, Agustín de Iturbide arribó al puerto de Soto la Marina, Tamaulipas, proveniente de Europa tras un exilio de poco más de un año, ignorando por completo el decreto que los legisladores mexicanos habían promulgado con el fin de evitar que el consumador de la Independencia retornara a territorio nacional.

El objetivo de Agustín de Iturbide al regresar al país era ofrecer sus servicios a las autoridades mexicanas ante el peligro de una invasión por parte de la Santa Alianza, la cual pretendía reconquistar México.

En lo que se conoce ahora como Presa Vicente Guerrero, quedò inundado el pueblo de Padilla, donde fuera fusilado Iturbide.

A bordo del bergantín inglés ‘Spring’ y acompañado por su esposa embarazada, sus dos hijos menores, un sobrino y el teniente polaco Beneski, Iturbide regresó a su patria el 14 de julio de 1824. Al enterarse del arribo, en los alrededores del puerto, el comandante militar de la región Felipe de la Garza fue el encargado de custodiarlo e informarle su situación jurídica mientras se decidía cuál sería su futuro.

Se le comunicó que, de acuerdo con un decreto del Congreso, debía ser pasado por las armas inmediatamente; sin embargo, El Dragón de Hierro convenció a De la Garza de suspender la ejecución y viajar a la localidad de Padilla para dialogar con los legisladores locales.

De camino a la villa de Padilla el 17 de julio, Iturbide y Felipe de la Garza estuvieron conversando; tras una larga plática, éste lo reconoció como generalísimo, le devolvió su espada y lo dejó al mando de la tropa.

Siendo Guadalupe Mainero gobernador del esatdo, mandò colocar una polémica placa en recuerdo del hecho.

El decreto del 28 de abril de 1824 impulsado por el Poder Legislativo y avalado por el Ejecutivo, declaraba traidor y fuera de la Ley a Iturbide, siempre que se presentara bajo cualquier título en algún punto del territorio mexicano; también fue declarado enemigo público del Estado.

El día 18 el Congreso de Tamaulipas, tras ser informado por De la Garza sobre la llegada de Iturbide, se reunió en sesión extraordinaria y concluyó que debía aplicarse de inmediato el decreto de proscripción, violando los derechos de cualquier reo para poder ser escuchado y defendido en juicio.

A minutos de llegar a Padilla, De la Garza comunicó al exemperador que era mejor que se presentara arrestado ante el Congreso, propuesta que Iturbide aceptó con la plena confianza de que sería escuchado y sin saber que el comandante militar de la región ya conocía el criterio de los legisladores.

Se realizó una sesión extraordinaria el día 18 de julio y luego se efectuaron otras tres el día 19, y en ninguna se quiso oír a Iturbide.

Fue fusilado sin juicio ni defensa.

Mientras aguardaba la respuesta del Congreso de Tamaulipas, en su encierro a unos cuantos metros de la plaza principal de Padilla, Iturbide se dedicó a redactar diversas cartas dirigidas a su esposa e hijos con el objetivo de despedirse y también envió una misiva a los legisladores tratando de conocer las razones por las cuales querían matarlo.

La carta escrita por Iturbide decía lo siguiente:

“Mi muerte es ya inevitable, y sería en vano ya manifestar las sanas intenciones que me condujeron a prestar mis pequeños servicios. Nunca he sido traidor. Con asombro he sabido que vuestra soberanía me ha proscrito y declarado fuera de la ley circulando el decreto para los efectos consiguientes. Tal resolución me hace recorrer cuidadosamente mi conducta. No encuentro, señores, cuál o cuáles son los crímenes por los que el soberano Congreso me ha condenado”.

Una vez finalizada la tercera sesión extraordinaria del 19 de julio y conociendo la sentencia del Congreso, Agustín de Iturbide pidió que se le permitiera escuchar misa y confesarse antes de morir, pero le fueron negados estos deseos y se le informó que sería ejecutado tres horas más tarde mediante fusilamiento y no por decapitación como algunos legisladores habían propuesto previamente.

A las tres de la tarde del 19 de julio se leyó la sentencia condenatoria aprobada por la mayoría y que establecía: “Reunidos los S.S. diputados en el salón de sesiones, para dar cumplidamente de lleno, al espíritu de la ley de proscripción contra el ex-emperador Don Agustín de Iturbide, por traidor a su patria, se decreta, sin comisión, la pena de muerte. Que se haga efectiva esta suprema ley, dentro de tres horas. Padilla en la Plaza Principal. Dios y Constitución”.

Minutos antes de las 18:00 horas, Iturbide fue conducido a la plaza principal de Padilla y, al llegar al sitio de la ejecución, entregó al sacerdote que lo acompañaba el reloj y el rosario que portaba y luego repartió unas monedas de oro entre los soldados que iban a fusilarlo.

Luego se dirigió a las personas que se habían congregado en la plaza y les recomendó mantenerse unidos como mexicanos, amar a la patria, seguir los lineamientos de la religión católica y obedecer los mandatos de las autoridades.

¡Mexicanos!, en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso, porque muero entre vosotros: muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha: no soy traidor, no”, exclamó antes de morir.

Agustìn de Iturbide

Seis balas

Habían pasado apenas tres horas desde que el Congreso determinó que el consumador de la Independencia debía ser ejecutado. Tras orar unos cuantos segundos, Iturbide se paró frente al pelotón, el comandante dio la orden de fuego y seis balas se introdujeron en el cuerpo de quien en 1821 había redactado el Plan de Iguala para declarar la independencia de nuestro país.

Agustín de Iturbide fue sepultado por los pobladores de Padilla en la iglesia de la localidad y 14 años después, en 1838, el entonces presidente Anastasio Bustamante, ante el clamor popular, trasladó sus restos al altar de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana de México, donde se encuentran actualmente.

En la parte inferior del monumento donde se encuentra la urna se puede leer un epitafio que las autoridades mexicanas colocaron durante la segunda mitad del siglo XIX. Dice lo siguiente: “Agustín de Iturbide, autor de la Independencia mexicana, compatriota, llóralo; pasajero, admíralo. Este monumento guarda las cenizas de un héroe”.

Con información de BBC Mundo y Excelsior.