Aniversario luctuoso del ‘Profeta de la Revolución’, Andrés Molina Enríquez

Nacido en Jilotepec, estado de México, un 30 de noviembre de 1868, fu hijo de Anastasio Molina, abogado, y de Francisca Enríquez de la Cabrera y de muy joven entró al Instituto Científico y Literario de Toluca becado por el Ayuntamiento de Jilotepec.

De ahí pasó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia, en la ciudad de México, donde fue contemporáneo de Jesús Urueta y Francisco M. Olaguíbel. Desde entonces se dedicó al periodismo como editorialista de El Siglo XIX. Pronto se dedicó a la judicatura, se hizo cargo de un juzgado local. Además, una enfermedad de su padre lo obligó a hacerse cargo de la notaría que éste manejaba en Jilotepec, lo que le dio la oportunidad de conocer en detalle el proceso de concentración de la tierra en manos de unos cuantos españoles y criollos, mediante el sistemático despojo de ranchos y ejidos a los indios y mestizos que carecían de titulación escrita; y pudo advertir cómo los jefes políticos amenazaban con la deportación y la ‘leva’ a los campesinos que trataban de defenderse.

Andrés Molina Enríquez fue periodista, abogado y pensador sobre la realidad mexicana desde muy joven.

Llamado en 1896 por el gobernador José Vicente Villada, en Toluca estuvo a cargo de la Dirección de Fomento: Por esos días reinició sus estudios de jurisprudencia, y poco después obtuvo su título de abogado. En 1906 ganó un concurso por el centenario del natalicio de Benito Juárez. Dos años después pasó a trabajar en el Departamento de Etnografía; al mismo tiempo empezó a dar cátedra en el Museo Nacional, y escribía en publicaciones como El Partido Liberal y El Reformador.

También fue oficial mayor de la Secretaría de Gobierno del estado, y más tarde juez de Letras en Tlalnepantla, donde conoció al licenciado Luis Cabrera, con quien abrió un despacho.

En la primera década del siglo XX publicó algunos ensayos acerca de la situación agraria del país, entre los que se encontraban ‘El evangelio de una reforma’ y ‘La cuestión del día: la agricultura nacional’. Pero sin lugar a dudas, su obra más trascendente y uno de los libros más influyentes sobre la cuestión agraria del país fue su libro ‘Los grandes problemas nacionales’ (1909). Esta fue su obra principal, que fue publicada primero en varias entregas como ‘Estudios de sociología mexicana’ en el periódico El Tiempo y después modificados para constituir un sólo texto, al parecer, financiado por el general Bernardo Reyes.

Molina Enríquez parte de la idea de que es el medio físico el que determina el comportamiento humano y de que la historia sirve para explicar esa conducta. Desde esta perspectiva, trata los temas principales siguientes: la cuestión agraria, el mestizaje y la defensa de un poder político fuerte. Al mismo tiempo, advierte de la inminente revolución que podría venir si no se atienden estos problemas, por eso se le considera el profeta de la Revolución Mexicana.

Respecto a la cuestión agraria, considera que la Ley Lerdo, expedida durante la Reforma, trajo consecuencias desastrosas para los pueblos indígenas al imponerles un régimen de propiedad ajeno y excluyente, que permitió el despojo de sus tierras y la concentración de la propiedad en grandes haciendas, sumamente improductivas e injustas para el peonaje. Era necesario, entonces, dividir los latifundios mediante leyes y medios indirectos como los impuestos; las tierras que resultaran de su división debían ser colonizadas, no por los inmigrantes extranjeros que pretendía el porfirismo, sino por campesinos mexicanos sin tierras, quienes motivados por su nueva condición de propietarios harían la grandeza nacional. Paralelamente, debía crearse la propiedad comunal para que, de modo paulatino y conforme a la evolución de los pueblos, fuera convirtiéndose en pequeña propiedad individual. Asimismo, debía de otorgarse igual oportunidad de créditos a todos los agricultores y emprender un gran plan de obras de irrigación. En este aspecto agrario, el libro ejercería gran influencia sobre Carranza y su ley del 6 de enero de 1915, por la que se creó la Comisión Nacional Agraria y de igual manera, sobre los diputados constituyentes de 1917. Por eso se considera este texto el primer antecedente de la legislación y la política agraria de la Revolución Mexicana.

En otra parte de la obra, sostiene que la construcción social de su tiempo, acapara la riqueza en una minoría, oprime a la mayoría e impide el surgimiento de la industria nacional por falta de mercado interno; piensa que en el mestizo está la clave de la cultura y del desarrollo nacional, no en el criollo, ni mucho menos en el indígena, ambos “ausentes de la noción de Patria”, por lo que al indígena hay que integrarlo a la nueva Patria superando su atraso evolutivo. Así fue un precursor de la política indigenista integracionista.

En lo político, aboga por un gobierno fuerte, hasta dictatorial provisionalmente, pero único capaz de imponerse sobre todos los grupos en beneficio de la unificación nacional y lograr la estabilidad política, tan necesaria al progreso. Este sería el camino para llegar a una democracia. Por eso también se dice, que los regímenes revolucionarios autoritarios y paternalistas encontraron en esta obra su justificación.

Molina Enríquez parte de la idea de que es el medio físico el que determina el comportamiento humano y de que la historia sirve para explicar esa conducta.

En 1911, fue candidato a la gubernatura del estado de México por el Partido Renovador Evolucionista y en agosto del mismo año, inconforme porque el gobierno provisional de Francisco León de la Barra no daba muestra de interesarse por el problema agrario, se lanzó a la lucha armada proclamando el Plan de Texcoco, considerado antecedente del Plan de Ayala. Según Agustín Basave (México Mestizo): “El proyecto de subversión era tan revolucionario como romántico. Desconocía a los gobiernos federal y estatales, suspendía el orden constitucional, otorgando provisionalmente a su propio autor los poderes legislativo y ejecutivo, y ponía en vigor cinco decretos reveladores del pensamiento moliniano: sobre el fraccionamiento de las grandes propiedades, sobre la libertad de importación y exportación de cereales, sobre la protección y gradual disolución de rancherías, pueblos y tribus, sobre la supresión de los jefes políticos y sobre la regulación del trabajo a salario o jornal. Sin embargo, y pese a la colaboración de Paulino Martínez y a la supuesta adhesión de Zapata al plan, éste resultó un sonoro fracaso.”

Fue aprehendido y pasó dos años en la cárcel, desde donde escribió para El Diario del Hogar. Continúa Basave diciendo que, durante su estancia en la Penitenciaría, Molina Enríquez “pudo hacer proselitismo nada menos que con Pancho Villa y con algunos líderes zapatistas. Allí afianzó además sus ideales revolucionarios, sosteniendo la posición de avanzada en su polémica agrarista con Wistano Luís Orozco. Y fue asimismo durante su paso por la prisión, según se desprende de su correspondencia, cuando se convenció de la inevitabilidad del triunfo de la Revolución. Al recobrar su libertad (1912), reanudó su cátedra en el Museo e inició la efímera primera época de El Reformador (1913), periódico agrarista que fue patrocinado por Cabrera y los diputados “renovadores” y que más de 20 años después, en su segunda época, se ufanaría de haber sido el único en circular en plena Decena Trágica….Tras el golpe de Estado, Molina Enríquez fue comisionado por Huerta para realizar proyectos de ley y aceptó algunos nombramientos en el gobierno, por lo cual se convirtió después en el blanco de la incomprensión de algunos críticos.”

Fue candidato a la vicepresidencia de México por el Gran Partido Liberal Republicano, que postulaba para presidente a David de la Fuente. Asimismo, fue director del Instituto de Industrias Etnográficas (1914), titular de la Dirección Sexta de Legislación y Trabajo (1914), consultor técnico de la Secretaría de Industria y Comercio (1914), jefe interino de la Dirección de Bosques e Industrias de la Secretaría de Fomento (1916), representante de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público SHCP ante la Comisión Nacional Agraria (1916), abogado consultor tanto de la Dirección Auxiliar de la Comisión Nacional Agraria (1916) como de la Dirección de Aguas de la Secretaría de Agricultura y Fomento (1917).

Sus estudios sobre la legislación de Indias y los derechos de “reversión” de la Corona española, que habría de heredar la nación mexicana en sus modalidades de dominio eminente y soberanía, movieron a los gobiernos de Chihuahua y Nuevo León a encargarle la redacción de las leyes de aguas; y a la Secretaría de Fomento, la de aguas federales, además de un estudio sobre la minería.

Asistió al Congreso Constituyente de 1916-1917 como asesor, y participó en la redacción del artículo 27 constitucional; si bien su proyecto inicial no fue aprobado, buena parte de sus ideas fueron recogidas en la versión final.

Después ocupó algunos puestos en el gobierno: abogado consultor de la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento de la Agricultura de la SHCP (1919) y de la Secretaría de Gobernación (1922), jefe del Departamento de Legislación y Política Hacendaria de la SHCP (1920), compilador de leyes de la Suprema Corte de Justicia (1920-1929),representante de la Hacienda Pública Federal en los Juicios Sucesorios (1925), consultor supernumerario de la Comisión Técnica de Gobernación de la Cámara de Diputados (1925), profesor de Historia del Instituto de Preparación del Profesorado de las Escuelas Secundarias (1927-1937).ingeniero de la Dirección de Población Rural, Terrenos Nacionales y Colonización de la Secretaría de Agricultura y Fomento (1934) y economista de la misma dependencia (1935). Después y se dedicó a la investigación socio-histórica y a la docencia.

Su última obra fue La revolución agraria en México (1933-1937). Durante su vida fue reconocido como el ‘sociólogo de la Revolución’, uno de los mayores ideólogos del movimiento armado iniciado en 1910. Pero desgraciadamente, su visión de la sociedad mexicana estampada en su obra sigue vigente en la medida en que “las clases bajas día por día empeoran de condición”.

Según Lorenzo Meyer (México, Nación inconclusa), “en su estudio sobre el México oligárquico del Porfiriato, Andrés Molina Enríquez construyó una pirámide de poder político y económico donde colocó en primer lugar -en el ápice- a los extranjeros -el sociólogo los llamó la ‘casta superior’-, y donde el elemento dominante eran primero los norteamericanos y luego los europeos. Cien años más tarde la situación no parece ser muy distinta. Y lo que tampoco ha cambiado es que, dentro del segundo grupo de privilegiados, están aquellos que Molina Enríquez llamó ‘criollos nuevos’ o ‘criollos liberales’, es decir, los que se hicieron con los privilegios que dio el poder tras la caída del Segundo Imperio y la restauración de la República. Ante ellos, Porfirio Díaz, el verdadero soberano, debió de ‘abrir mucho la mano de las larguezas’ y permitir que el grupo se hiciera de grandes fortunas individuales mediante ‘[el] privilegio, el monopolio, la subvención, la exención de impuestos, todo bajo la forma de concesión administrativa’. Quienes apoyaban y legitimaban a los ‘criollos nuevos’, dice el analista, pretendieron que se confundiera su prosperidad con la de la nación, aunque la realidad era casi la inversa”.

Por su parte, Basave termina su nota biográfica en su obra citada de la manera siguiente: “A punto de cumplir 70 años (1938), en respuesta a un mensaje que dirigió a su admirado Lázaro Cárdenas (y que seguramente nunca llegó a manos del Presidente) solicitando una pensión de 20 pesos diarios similar a la concedida a otros profesores, don Andrés recibió con nueve meses de retraso un oficio (ni siquiera dirigido a él) firmado por un funcionario de cuarta categoría en el que se le informaba con argumentos de la más pura cepa leguleya que su petición no procedía. Más sabio, el gobernador de su tierra natal lo acogió como magistrado. De este modo, sin mayores aspavientos, volvió a su patria chica para cerrar el ciclo de su existencia.”

Falleció un día como hoy, el 1º de agosto, pero de 1940, en Toluca, estado de México.

Luís Cabrera escribió: “El licenciado Molina Enríquez, por supuesto, no fue un caudillo y por consiguiente no podrá tener un monumento fastuoso con celebraciones anuales. Fue principalmente un pensador, y como tal, justo es que tenga su monumento en las páginas de la historia que no por ser impalpable dejará de ser más perenne que el bronce.

Y, sin embargo, ¡qué pocos mexicanos hay que sepan lo que ese hombre hizo, y hasta qué punto contribuyó a la realización de los ideales agrarios de la Revolución! Molina Enríquez fue, para la Revolución agrarista, lo que don José María Luís Mora fue para la Revolución de la Reforma.

Pensó, todavía en las tinieblas de la noche, lo que otros habrían de pregonar cuando ya estaba amaneciendo. Él desentrañó de los imprecisos e inexplicables malestares de las masas campesinas, cuál era la causa y cuáles tendrían que ser los remedios de la esclavitud endémica del peón.

Y en ese sentido merece ser llamado el verdadero precursor de la Revolución agraria en México.

Con información de Memoria Política de México