165 años de la renuncia definitiva de Santa Anna

En el México de 1855, las cosas en materia política y económica no eran las mejores. Santa Anna había impuesto cargas fiscales excesivas que incluso algunos consideraron ridículas como un peso mensual por cada perro, impuestos por cada puerta y ventana de las casas, entre otros más.

Tales actitudes del auto denominado ‘Alteza Serenísima’ iniciaron una serie de manifestaciones populares que poco a poco menguó la confianza en el mandatario que, para demostrar la legitimidad de su gobierno y la popularidad de su persona, convocó a la celebración de un plebiscito en el que la población decidiría si debía continuar al frente de la presidencia. La consulta se llevó a cabo el 1º de diciembre de 1854; los resultados fueron dados a conocer por El Universal, periódico conservador que se había caracterizado por su desmedida adulación al régimen. De acuerdo con el diario, 435, 530 personas se manifestaron por la permanencia de Santa Anna en el poder y únicamente la despreciable cantidad de 4,075 se pronunciaron en contra.

La referida publicación narró así el entusiasmo popular al conocer el resultado del plebiscito:

“Ayer fue un día de júbilo para esta capital: el comercio se cerró a las doce, se pusieron colgaduras en los balcones, y por la noche hubo una iluminación general. El pueblo ha celebrado con entusiasmo un suceso que asegura la continuación del órden, y fortifica las esperanzas de sosiego y de bienestar que todos ciframos en Su Alteza el presidente.”

Pero el panorama no se presentaba como se había dibujado: la revolución se extendía y sus triunfos, cada vez más frecuentes, minaban los cimientos de la dictadura. Pese a que sus voceros se afanaron por desmentir los rumores de su eminente renuncia, el 9 de agosto por la madrugada salió Santa Anna de la capital, casi a hurtadillas.

Santa Anna convocó a la celebración de un plebiscito en el que la población decidiría si debía continuar al frente de la presidencia.

Se dijo oficialmente que viajaba a Veracruz para encargarse en persona de restablecer el orden alterado por pequeños disturbios en aquel departamento. Ese mismo día, fue publicado un decreto que establecía que, en caso de necesidad, un triunvirato compuesto por el presidente del Supremo Tribunal, licenciado Ignacio Pavón, y los generales Mariano Salas y Martín Carrera sucedería al dictador.

Como suplentes fueron señalados los generales Rómulo Díaz de la Vega e Ignacio Mora y Villamil. Su principal obligación consistiría en convocar a la nación para que se constituyese según su voluntad. Los habitantes de la Ciudad de México se dieron cuenta de que habían sido abandonados a su suerte; sin embargo, las cosas permanecieron en aparente calma por algunos días.

Muy temprano en la mañana del 13, en la Alameda comenzó a reunirse un grupo de personas que pronto alcanzó el grado de multitud. Estos individuos de varias condiciones y profesiones estuvieron de acuerdo en pronunciarse en favor del Plan de Ayutla y para constancia, acordaron extender un acta popular a la que podría adherirse mediante su firma todo aquel que lo deseara de esta forma; desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde se añadieron rúbricas al documento que fue entregado en las Casas Consistoriales al general Rómulo Díaz de la Vega por una comisión encabezada por Francisco Zarco.

Mientras tanto, Santa Anna desde Perote dirigió un manifiesto a la nación en el que se llenaba de autoelogios y recordaba a sus ingratos compatriotas que lo habían llamado de un destierro para salvar a México de la anarquía y que de forma casi unánime las autoridades de los estados se habían pronunciado por su regreso, produciendo el decreto de 17 de marzo de 1853, que declaraba que era voluntad de la nación que él ocupara la primera magistratura con facultades omnímodas.

Después de este amargo y prolongado recuento de agravios, presentó su renuncia a la presidencia y vía telegráfica ordenó que a las doce de ese mismo día fuera instalado el triunvirato que señalaba el decreto del 9. El general Díaz de la Vega le contestó refiriéndole lo ocurrido con el pronunciamiento de la guarnición, la agitación de la población y desaconsejando la erección del triunvirato argumentando que sería desconocido por el país entero.

El 18 de agosto, siendo despedido con todos los honores por los miembros del ejército, se embarcó en Veracruz. No volvería a ocupar nuevamente la presidencia de la República.

A pesar de todo, debemos reconocer que durante este breve periodo donde el abuso del poder y la extavagancia fueron la nota, también fructificaron unos cuantos proyectos que significaron un importante avance desde el punto de vista jurídico y administrativo, entre estos destacan la Ley para el Arreglo de lo Contencioso Administrativo y el Código de Comercio de 1854, más conocido como Código Lares.

Fue también cuando por medio de un concurso público, México adquirió el Himno Nacional que actualmente reconocemos como propio y que fue interpretado por primera vez en el Teatro Nacional el 16 de septiembre de 1854 ya con la música compuesta por Jaime Nunó.

Con información del INEHRM.