Punto y aparte

Por: Ilse Mariela Pérez

1a Parte

Es tan fácil como ver una hoja caer en el charco, quedarse quieta, mientras pasan sin siquiera tocarla. Este árbol era suelto como el viento que lo transportaba y amarillo como el sol del amanecer violeta que disfrutaba. Ella era un jazmín, llamaba la atención, ¡Claro! Pero siempre había alguien que apoyaba para brillar mas que ella.

Con el tiempo aquellos que ayudaba seguían su camino y de ella volvían a caer hojas a ese charco, inundada por su propia realidad y decisión. Supongo que seria bueno confesar que no la pasaba tan mal, claro, pero se decepcionaba así misma constantemente al traicionar los deseos de su corazón y bailar con las lluvias que la empapaban, la entristecían y la dejaban atrás. Era su rutina de cada viernes e incluso de martes o jueves. Pero que más daba deslizarse un poco a la izquierda, ver de reojo el reloj y salir corriendo de la semilla de árbol que la vio sembrada, si sus frutos eran lastimados por quien ella adoraba, un viejo sauce, que reía al verla y la dejaba descalza tras el humo de su inconciencia. Ella conocía la rutina perfectamente, solo había de encontrar alguien parecido, que no llenara sus expectativas del todo, porque después había que bailar con la lluvia, otra vez.           

Un viernes entre tanto escandalo y desasosiego, alzo sus pasos, era la intranquilidad de su mente, tenia deseos de estudiar a profundidad ah alguien, adentrarse en lo incierto de un compañero, era tiempo de olvidar el terror al ver que esos patrones no eran su consuelo, sino su sacrilegio.

Obra de Lidia Ramírez

—Lluvia adorada —decía ella, —ah nadie sino al viento que la movía—. ¿Dónde se encuentra ese sauce tan terco? ¿Dónde deja de mojarse mi morada? ¿Dónde dejo de ser sacrilegio?

De pronto en la tormenta una fuerte brisa tiro sus hojas y las introdujo en lo mas hondo del charco, flotaron y salieron a la superficie por un respiro.

—No recuerdo un día en el que no lloviera —dijo ella nerviosa e intranquila—. Es cierto que no puedo morir por el caer de mis hojas, por el hecho tan simple de mi constitución de árbol, pero, ¿Por qué tendría que pasar tanto tiempo con hojas bajo el agua? No soy pez y ellas mis escamas, ¿Que eh de hacer con mis emociones? Si por los días que no recuerdo, cuando no llueve, voy tras de ficus enormes que me dejan en la soledad de o ser importante en mi propia historia. ¿Qué más da si de pronto me topo con una palma o una sábila? No puedo evitar sentir la obscuridad de su alma y querer rodar, correr, volar, sin decir o decir algo, ¡Que importa! Solo me recuerdan la verdadera definición de inadecuada para el papel y me llueve la noche y el día siguiente, me deja en el charco, como es pertinente, sin hojas para lavar mi alma, para curar mis manchas.

Obra de Lidia Ramírez

» ¿Y qué voy a decir ahora? Si la rutina no ha cambiado nada, si podría seguir haciendo lo cobarde todavía, siempre la misma historia, no me desean el mal, no quieren verme ahogada y pues eso soy yo quien decide decir la verdad. A veces los rosales no soportan mis colores pasteles y deciden no verme más, pero no es muy común que me haga disfrutar de eso. En fin… —se preguntó el árbol—. ¿Tan aburrida y repetida soy? —Entonces supo escuchar a su corazón—. Si – dijo su voz interior.

Continuará…

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