120 años sin que, desafortunadamente, Nietzsche nos contagie de su locura

Friedrich Nietzsche nació un 15 de octubre de 1844 en Röcken, región de Turingia y falleció un día como hoy, 25 de agosto, pero del año 1900, por lo que hoy se conmemora su 120 aniversario luctuoso.

Röcken, su pueblo natal, perteneció a la región de Turingia, que a su vez pertenecía al reino de Sajonia, que fue anexionada en 1815 a Prusia. Fue el hijo primogénito del pastor luterano Carl Ludwig Nietzsche, también hijo de pastor, quien se había casado con Franziska Oehler en 1843; tuvo dos hermanos.

En 1847, a su padre le diagnosticaron una enfermedad cerebral terminal, Carl Ludwig Nietzsche fue preceptor en la corte de Altemburg y falleció cuando el filósofo tenía cinco años. Tras su muerte en 1849, la tragedia le siguió, falleciendo su hermano pequeño en 1850, y, junto con su madre y su hermana se mudaron a Naumburg, donde vivió con la abuela materna y las hermanas solteras del padre bajo la vigilancia de un magistrado local, Bemhard Dächsel. Algunos de sus biógrafos destacan que su infancia fue la época más feliz de su vida.

De pequeño, comienza a escribir un diario, así como a pasar las vacaciones con sus tíos en Pobles. Al morir su abuela materna en abril de 1856, se traslada a otra casa, sin la tía Rosalie. Comienzan sus dolores de cabeza y de ojos, recibiendo vacaciones especiales por este motivo.

En 1854, comenzó a asistir al Dongymnasium en Naumburg, pero habiendo demostrado un talento especial para la música y el lenguaje fue admitido en la reconocida Schulpforta, donde continuó sus estudios desde 1858 hasta 1864. Siendo joven sufrió de una gran tristeza y dolor, en el colegio se burlaban de él debido a su seriedad. Se asegura que desde la niñez buscaba la soledad.

Después de su graduación, en 1864, Nietzsche comenzó sus estudios en Teología y Filología Clásica en la Universidad de Bonn con la idea de convertirse en pastor igual que su padre, la idea y el gusto le duran poco ya que abandonó sus estudios de Teología y comenzó los de filología clásica con el profesor Friedrich Wilhelm Ritschl. Al año siguiente siguió a este a la Universidad de Leipzig. Se cree que contrajo la sífilis en su época de estudiante.

En 1867 realizó un año de servicio militar voluntario con la división de artillería prusiana de Naumburg. En marzo de 1868 sufrió un accidente ecuestre que le dejó inútil para el servicio.

Después de trasladarse a Basilea, Nietzsche renunció a su ciudadanía alemana, manteniéndose durante el resto de su vida oficialmente sin estado. Sin embargo, sirvió en el bando prusiano durante la Guerra Franco-Prusiana como médico camillero. Su paso por la milicia fue corto, pero vivió múltiples experiencias. Allí fue testigo de los efectos traumáticos de la batalla. Contrajo la difteria y la disentería.

Nietzsche sirvió en el bando prusiano durante la Guerra Franco-Prusiana como médico camillero. Su paso por la milicia fue corto, pero vivió múltiples experiencias.

En 1869, fue nombrado profesor de Filología Griega en la Universidad de Basilea. Nietzsche se convirtió en profesor a los 24 años; sin embargo, se vio obligado a retirarse a los 35. Sus ideas sobre el cristianismo y sobre Dios lo hacían impresentable ante las autoridades del Ministerio de Educación.

Quiso abandonar la filosofía para dedicarse a la jardinería, pero finalmente desistió.

Su trabajo sobre las fuentes de Diógenes Laercio recibe el premio de la Universidad. El estudio sobre Teognis aparece en el “Rheinisches Museum”, XXII, nueva serie. Estudia a Homero, Demócrito y a Kant a través del libro de Kuno Fischer.

Nietzsche recibió influencias de la cultura helénica, en particular de las filosofías de Sócrates, Platón y Aristóteles, también estuvo influenciado por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, por la teoría de la evolución y por su amistad con el compositor alemán Richard Wagner.

Desde los 30 años Nietzsche era un inválido parcial y se refiere a sí mismo como un enfermo, pero no explica nunca de qué patología padece.

Conducido por su enfermedad a encontrar climas más compatibles, Nietzsche viajó frecuentemente y vivió hasta 1889 como un autor independiente en diferentes ciudades. Dejó de ser pesimista en los años en que su vitalidad era más baja, se prohibió una filosofía de la pobreza y el desaliento y dedicó su voluntad a la salud, a la vida, a la voluntad de poder.

Pasó muchos veranos en Sils Maria, cerca de St. Moritz, en Suiza, y muchos otoños en las ciudades italianas de Génova, Rapallo y Turín, y la ciudad francesa de Niza. En 1882 conoce en Roma a Lou von Salome, el único amor romántico de su vida y a la que propone matrimonio siendo rechazado.

En 1872, Nietzsche logra publicar su primer libro, ‘El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música’. Autor de obras como: ‘Así habló Zaratustra’ (1883-1885), ‘Más allá del bien y del mal’ (1886), ‘La genealogía de la moral’ (1887), ‘El crepúsculo de los dioses’ (1888), ‘El Anticristo’ (1888), ‘Ecce Homo’ (1889) y ‘La voluntad de poder’ (1901).

Nietzsche ejerció mucha influencia sobre la literatura europea y la teología.

Creía que los valores tradicionales habían perdido su poder en las vidas de las personas, lo que llamaba nihilismo pasivo. Lo expresó en su proclamación ‘Dios ha muerto’. Convencido que los valores tradicionales representaban una “moralidad esclava”, una moralidad creada por personas débiles y resentidas que fomentaban comportamientos como la sumisión y el conformismo porque los valores implícitos en tales conductas servían a sus intereses.

En la historia de la filosofía, pocas afirmaciones tan polémicas como la que hizo Nietzsche a propósito de la muerte de Dios en al menos un par de lugares de su obra. Primero, en ‘La ciencia jovial’, de 1882, escribió:

¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”? Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada.

—¿Dónde está Dios?— exclamó, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!

(III, §125)

Después, en Así habló Zaratustra (1885), el filósofo redujo esta amplia elucubración a un episodio más bien lacónico:

«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra.

El santo respondió: «Hago canciones y las canto; y cuando hago canciones, río, lloro y gimo, así alabo a Dios.

Cantando, llorando, riendo y gimiendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué nos traes tú de regalo? ».

Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, saludó al santo y dijo: «¡Qué tendría yo para daros a vosotros! ¡Pero deja que me vaya deprisa para que no os quite nada!» —Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo, como ríen dos jóvenes.

Pero cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: «¡Cómo es posible! ¡Este viejo santo aún no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!».

(“Discurso preliminar”)

La frase por sí misma puede ser complicada. Podríamos decir, parafraseando el mandamiento judeocristiano, que no se debe proclamar la muerte de Dios en vano. Sin embargo, es necesario situarla en su contexto para comenzar a despojarla de esa supuesta dificultad.

Otro de sus posicionamientos fundamentales fue el imperativo ético de crear valores nuevos que debían reemplazar los tradicionales, y su discusión sobre esta posibilidad evolucionó hasta configurar su teoría más recordada, la del ‘Superhombre’ (Übermensch). Las masas (a quien denominaba “rebaño” o “muchedumbre”) se adaptan a la tradición, mientras su superhombre utópico es seguro, independiente y muy individualista. El superhombre siente con intensidad, pero sus pasiones están frenadas y reprimidas por la razón.

Centrándose en el mundo real, más que en las recompensas del mundo futuro prometidas por las religiones en general, el superhombre afirma la vida, incluso el sufrimiento y el dolor que conlleva la existencia humana. Su superhombre es un creador de valores, un ejemplo activo de ‘eticidad maestra’ que refleja la fuerza e independencia de alguien que está emancipado de las ataduras de lo humano ‘envilecido’ por la docilidad cristiana, excepto de aquellas que él juzga vitales.

Sostenía que todo acto o proyecto humano está motivado por la ‘voluntad de poder’. No tan solo el poder sobre otros, sino el poder sobre uno mismo, algo que es necesario para la creatividad. Al concepto de superhombre se le reprochó ser el fruto de un intelectual que se desenvuelve en una sociedad de amos y esclavos y ha sido identificado con las filosofías autoritarias.

Para poder llegar al Übermensch, había que pasar por varias etapas y conversiones: el camello, el león y el niño. Para el primero, lo que Nietzsche quiere decir es que antes de que uno pueda convertirse en superhombre, primero deberá soportar grandes cargas. Luchar con el miedo, el amor, la confianza, la muerte, la confusión, la sed de conocimiento y todos los otros aspectos de la existencia humana. El camello abraza estos retos en el nombre del deber y la nobleza.

La segunda metamorfosis sugiere que el camello ha buscado, invitado y envestido las batallas que la vida le ofrece. Pero eso mismo lo ha vuelto una especie de alienado. Se ha diferenciado de los demás y de la sociedad que los produce. La duda se le ha incrustado y cuestiona todo, desde su mismo valor hasta el valor de sus búsquedas. Así, cuando el camello descubre que la virtud y la verdad universal podrían no existir, sólo puede tomar dos caminos: o rechaza la vida por no tener sentido y se suicida, o reclama su propia libertad y crea su propio significado y su propia virtud. Para convertirse en superhombre es claro que sólo la segunda opción es correcta; ella le llevará al siguiente nivel.

Para llegar a él, el camello deberá destruir el más alto muro que lo separa de la verdadera libertad: el deber y la virtud impuestos por la tradición y la sociedad representado por un dragón llamado ‘Tú Debes’, venciéndolo con el mantra del león ‘Yo Quiero’.

La tercera metamorfosis para llegar al Superhombre es convertirse en niño, si, en un niño que afirma con un ‘Sí’, y en palabras del propio Nietzsche “…El niño es inocencia y olvido, recomienzo y juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un sagrado SÍ. Para el juego de la creación, hermanos míos, un santo SÍ es necesario”.

Pronunciando un sagrado SÍ el niño afirma el momento, afirma sin certeza y afirma, sobre todo, el flujo de la vida. El niño se convierte en una rueda que se impulsa a sí misma, tal como la vida. El niño elige rodar con la vida: bailar y tocar con ella.

Finalmente, para Nietzsche la creación pura emerge en este estado de juego. Cuando una persona puede alcanzar un entendimiento infantil, una mente inmersa en el momento y llena de maravilla y regocijo, esta persona podrá asirse a su propia voluntad, crear su propia virtud y, así, inventar su propia realidad. En el proceso de esta última metamorfosis el espíritu deviene en sí mismo, conquista su mundo y alcanza el estado de superhombre. El espíritu alcanza su liberación.

Ejerció mucha influencia sobre la literatura europea y la teología. Sus conceptos han sido discutidos y ampliados por personalidades como los filósofos alemanes Karl Jaspers, Martin Heidegger y Peter Sloterdijk, el filósofo judío Martin Buber, el teólogo germano-estadounidense Paul Tillich, y los escritores franceses Albert Camus y Jean-Paul Sartre. La proclama de Nietzsche ‘Dios ha muerto’ fue utilizada por teólogos radicales posteriores a la II Guerra Mundial en sus intentos por adecuar el cristianismo a las décadas de 1960 y posteriores.

En su 44 cumpleaños, Nietzsche tuvo un colapso mental. Ese día fue detenido tras, al parecer, haber provocado algún tipo de desorden público, perdida ya la razón, por las calles de Turín. Lo que pasó exactamente es desconocido aún hoy en día. La versión más extendida sobre lo sucedido dice que Nietzsche vio como maltrataban a un caballo en la otra parte de la Piazza Carlo Alberto, corrió hacia él y lanzó sus brazos rodeando el cuello del animal para protegerlo, desvaneciéndose acto seguido contra el suelo. En los días siguientes, escribió breves cartas para algunos amigos, incluidos Cósima Wagner y Jacob Burckhardt, en las que mostraba signos de demencia y megalomanía.

Nietzsche y su madre, Franziska Oehler, quien lo recoge del hospital psiquiátrico de Basilea para internarlo en la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Binswanger en Jana.

Su delicada salud le obligó a retirarse en 1889. Nietzsche llega a Basilea para ser ingresado en un manicomio, el diagnóstico: ‘parálisis progresiva’. Su madre lo recoge y lo lleva consigo a Jena a la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Binswanger. Tan solo le permiten que lo visite a mediados de mayo.

Friedrich Nietzsche falleció en Weimar un día como hoy, 25 de agosto, pero de 1900 después de contraer neumonía. Fue incinerado como su padre en la iglesia de Röcken.

Poemas

Te presentamos algunos poemas tomados de la selección realizada y traducida por Txaro Santoro y Virginia Careaga para la editorial Hiperión.

¡HOMBRE! ¡PRESTA ATENCIÓN!

¡Hombre! ¡Presta atención!

¿Qué dice la profunda medianoche?

«Yo dormía, dormía —

De un profundo sueño desperté: —

El mundo es profundo,

y pensado aún más profundo que el día.

Profundo es su dolor —,

el gozo — más profundo aún que el sufrimiento.

Dice el dolor: ¡pasa!

Mas todo gozo quiere eternidad,

— ¡quiere profunda, profunda eternidad!».

ENTRE AMIGOS

Un epílogo

1

Hermoso es compartir el silencio,

más hermoso es compartir la risa —

tumbado sobre el musgo a la sombra del haya,

bajo un cielo de seda

reír alegre entre amigos

dejando ver los blancos dientes.

Si lo hice bien, callemos,

si lo hice mal, riamos,

y hagámoslo siempre peor,

hagámoslo peor, y maliciosos riamos

hasta ascender a nuestra sepultura.

¡Amigos! ¡Sí! ¿Así ha de suceder?

Hasta la vista. ¡Amén!

2

¡Ni disculpas, ni perdón!

¡Envidiad alegres, cordialmente libres,

el tono, el corazón y la hospitalidad

de este libro tan poco razonable!

Creedme, amigos, ¡no para ser maldita

me fue concedida mi sinrazón!

Lo que yo encuentro, lo que yo busco,

¿estaba ya en algún libro?

¡Honrad en mí la secta de los locos!

¡Aprended de este libro enloquecido

cómo la razón — «entra en razón»!

Ea, amigos, ¿ha de suceder?

Hasta la vista. ¡Amén!

A LA MELANCOLÍA

No te enojes conmigo, melancolía,

porque tome la pluma para alabarte

y, alabándote, incline la cabeza

sentado sobre un tronco como un anacoreta.

Así me contemplaste ayer, como otras muchas veces,

bajo los matinales rayos del cálido sol:

Ávido el buitre graznaba en el valle,

soñándome carroña sobre madera muerta.

¡Te equivocaste, pájaro devastador,

aunque momificado descansara en mi leño!

No viste mi mirada llena de placer

pasear en derredor altiva y ufana;

y que cuando insidiosa no mira a tus alturas,

extinta para las nubes más lejanas,

se hunde en lo más profundo de sí misma

para radiante iluminar el abismo del ser.

Muchas veces sentado en soledad profunda,

encorvado, cual bárbaro oferente,

pensaba en ti, melancolía,

¡Penitente, pese a mis pocos años!

Sentado así, me complacía el vuelo del buitre,

el estruendo de la avalancha,

y tú, inepta quimera de los hombres,

me hablabas con verdad, mas con horrible y severo semblante.

Acerba diosa de la abrupta naturaleza,

amiga mía, te complaces en manifestarte a mi alrededor

y en mostrarme amenazante el rastro del buitre

y el goce de la avalancha, para aniquilarme.

En torno a mí respira enseñando los dientes

la apetencia de muerte:

¡torturante avidez que amenaza la vida!

Seductora sobre la inmóvil estructura de la roca

la flor suspira por las mariposas.

Todo esto soy —me estremezco al sentirlo—:

mariposa seducida, flor solitaria,

buitre y rápido torrente de hielo,

gemido de la tormenta — todo para ensalzarte,

fiera diosa, ante quien profundamente inclino la cabeza,

y suspirando entono un cántico monstruoso de alabanza,

sólo para ensalzarte, ¡que con cordura

de vida, vida, vida esté sediento!

No te enojes conmigo, divinidad malvada,

porque con rimas dulcemente te orne.

Aquel a quien te acercas se estremece ¡oh rostro terrorífico!

Aquel a quien alcanzas se conmueve, ¡oh malvado derecho!

Y yo aquí estremeciéndome balbuceo canto tras canto

y me convulsiono en rítmicas figuras:

fluye la tinta, salpica la pluma afilada,

¡oh diosa, diosa, déjame — déjame hacer mi voluntad!

Con información de pijamasurf.com, filosofía.net y biografiasyvidas.com