147 años de la muerte de Manuel Acuña

El gran poeta nacido en la ciudad de Saltillo Coahuila, un 27 de agosto de 1849. Hijo de Francisco Acuña y Refugio Navarro, Manuel Acuña, decidió quitarse la vida de forma trágica un día como hoy, 6 de diciembre, pero de 1873, por lo que hoy se recuerda su fallecimiento, a 147 años de su partida.

Médico y poeta quien aprendió sus primeras letras de parte de sus padres, luego estudió en el Colegio Josefino de la ciudad de Saltillo y alrededor de 1865, Manuel Acuña se trasladó a la ciudad de México, donde ingresó en calidad de alumno interno al Colegio de San Ildefonso, ahí estudio matemáticas, latín, francés y filosofía.

En enero de 1868, inició sus estudios en la Escuela de Medicina, siendo un estudiante distinguido pero inconstante. A su muerte cinco años después apenas había terminado el cuarto año de su carrera.

Un tiempo vivió en un humilde cuarto del ex-convento de Santa Brígida, luego se trasladó a un cuarto situado bajo el segundo patio de la Escuela de Medicina; curiosamente el mismo que años antes habitara otro infortunado poeta mexicano, Juan Díaz Covarrubias.

En este lugar se reunían muchos de los escritores jóvenes de la época como Manuel M. Flores, Miguel León Portilla, Vicente Morales y Juan de Dios Peza (con este último mantuvo un fuerte vínculo amistoso), algunos de ellos inscribieron sobre un cráneo, como si fuera un álbum; pensamientos y estrofas.

En 1868 Acuña inició también su breve carrera literaria. Dándose a conocer con una elegía a la muerte de su compañero y amigo Eduardo Alzúa. En ese mismo año junto con Agustín F. Cuenca y Gerardo Silva entre otros intelectuales, fundaron la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl; escenario donde dio a conocer sus primeros versos.

Los trabajos presentados en la sociedad se publicaron en la revista ‘El Anáhuac’ (México 1869) y en un folletín del periódico ‘La Iberia’ bajo el nombre de ‘Ensayos literarios de la Sociedad Nezahualcóyotl’. Este folleto se puede considerar como una de las obras de Acuña, ya que contiene además de trabajos de otros escritores, once poemas y un artículo en prosa, obras de Manuel.

Manuel Acuña dedicó el poema ‘Nocturno… a Rosario’ a su eterna musa Rosario de la Peña.

Tiempo después en que a Acuña se le reconocía ya como un destacado poeta, el 9 de mayo de 1871 se estrenó ‘El Pasado’, drama de su inspiración que recibió una buena acogida por parte del público.

En cuanto a su vida privada, el gran amor de su vida fue Rosario de la Peña, una mujer sumamente atractiva que según parece, influyó tanto en su ánimo que mucho tuvo que ver con su trágica muerte. Ella despertó por igual la desesperada pasión de Acuña, el deseo de Flores, la senil adoración de Ramírez y el cariño devoto de Martí.

Cuatro hombres a los que ella, con sus encantos; llevaba a los extremos poéticos con el fin de satisfacerla y halagarla. Ellos se reunían en su casa convertida en tertulia, donde cada uno exponía sus nuevos versos, se hablaba y debatía de filosofía o de bibliografía.

La poeta Laura Méndez de Cuenca, otro de los amores de Manuel Acuña con quien tuvo un hijo que muriera poco después de su nacimiento.

Era tan desenfrenado y perturbador el amor que Acuña le tenía a Rosario, que le impidió disfrutar de sus mejores momentos como poeta, cuando ya era reconocido su genio, su calidad como escritor y nadie dudaba de su exitoso futuro.

No se sabe con certeza cuál fue el motivo por el cual Manuel Acuña aquel 6 de diciembre de 1873 decidió dejar de existir luego de ingerir cianuro de potasio. Su cadáver cuyos ojos estaban cerrados se dice, derramaban lágrimas.

Rosario de la Peña

En una entrevista que se hiciera para recordar el 50 aniversario del poeta, la ya anciana Rosario de la Peña concedió una entrevista donde relata la historia de ‘Nocturno’, que escribiera después de haber recibido la negativa a sus avances por parte de su musa, quien le había descubierto sus amoríos con quien se encargaba de lavar la ropa del poeta y con la también poeta Laura Méndez Lefort, con quien se dice Acuña tuvo un hijo que moriría al poco tiempo de nacer:

Enterada Rosario, esa misma noche confronta a Acuña, no bien este se apersona en el salón. Lo pone como dado. “¡Qué tal si me he creído de sus palabras!”. Lo reta a negar la existencia de las dos mujeres. Descolocado, Acuña reconoce que todo es verdad. La dama aplica la puntilla: “Yo creo que ya no me seguirá diciendo ‘mi santa prometida’ “. Aún sacadísimo de onda, y resintiendo el porrazo, Acuña se sienta ante una mesa y se pone a escribir. Llegan más visitas, y mientras Rosario las atiende, vigila en silencio al poeta, que en su acelere, se llena las manos de tinta y, desde luego, la hoja del álbum donde trabaja. Cuando termina, toma su sombrero y le dice al objeto de su amor: “Lea esto, a ver qué le parece”. Era el “Nocturno”, pero, también, ya era demasiado tarde.

Como Rosario ya no estaba para los rollos y las obsesiones de Acuña, lo regaña. “Qué cosas se le ocurren. Ni usted ni yo tenemos por qué matarnos. Deje de pensar en tonterías”.  Pero el poeta no dejó de pensarlas. Rosario asegura que la tendencia suicida era una “tara familiar”; que dos hermanos del poeta también pusieron fin a sus existencias. El 5 de diciembre de 1873, el enamorado sin esperanza se despide como todas las noches, y deja en la mano de su musa una carta, donde se despedía de ella “para siempre”. Rosario, desde luego, cree que el personaje exagera. Por eso no le echa de menos cuando Acuña no llega a saludarla, como todas las mañanas, después de sus prácticas de medicina en el Hospital de San Andrés.

Convencida de que el poeta regresará, más tarde o más temprano, Rosario se va a comer. Pero Acuña ya no volverá. En vez de eso, hacia las 2 y media de la tarde, aparece un agitado Ignacio Altamirano con una noticia y un reproche: Acuña está muerto; se suicidó por un amor no correspondido.

Entrevista a Rosario de la Fuente por Martín Luis Guzmán (a) Roberto Núñez y Domínguez ‘El Diablo’

Su cuerpo fue velado por sus amigos en la Escuela de Medicina y sepultado el día 10 de diciembre en el Cementerio del Campo Florido. A su entierro asistieron representantes de las sociedades literarias y científicas, además de “un inmenso gentío”. Las elegías y oraciones fúnebres con que se honró su memoria fueron nutridísimas destacándose las de Justo Sierra.

Posteriormente sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres del Cementerio de Dolores, donde se le erigió un monumento.

Monumento a Manuel Acuña.

Para octubre de 1917, el estado de Coahuila reclamó las cenizas de Acuña que finalmente fueron trasladadas a Saltillo y yacen en la Rotonda de los Coahuilenses Ilustres del Panteón de Santiago de su ciudad natal.

En Saltillo el escultor Jesús F. Contreras realizó un notable grupo escultórico en memoria del poeta, éste fue expuesto en el pabellón Mexicano de la Exposición Universal de París en el año de 1900 junto con su obra Malgre-Tout, obteniendo la banda de la Legión de Honor.

Obras de Manuel Acuña

Su obra poética está compuesta por poemas amorosos y satíricos, contenidos en la publicación ‘Donde las dan las toman’ y en una edición póstuma aparecida en el año 1874.

De entre los versos de Manuel Acuña se encuentran:

  • Nocturno a Rosario.
  • Ante un Cadáver.
  • Adiós a México.
  • Nada sobre nada.
  • Amor.
  • La ramera.
  • El reo a muerte
  • A un arroyo.
  • A Asunción.
  • A la patria.
  • El giro.
  • Inscripción en un cráneo.
  • Resignación.

Fuentes:

https://reinodetodoslosdias.wordpress.com/tag/rosario-de-la-pena-y-llerena/

http://www.amor.com.mx/biografia_de_manuel_acuna.htm