151 años del fallecimiento de Francisco Zarco

Francisco Zarco nace en la ciudad de Durango el 3 de diciembre de 1829. Su nombre completo es Joaquín Francisco Zarco Mateos. Fue hijo de Joaquín Zarco, coronel del ejército de Morelos y de María Mateos Medina. Tuvo dos hermanos, Ana, nacida en 1842 y Joaquín Gregorio, nacido en 1851.

Estudió idiomas en el Colegio de Minas, Derecho, Teología y Ciencias Sociales, pero su formación fue principalmente autodidacta.

En 1844 entró a trabajar como meritorio en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Cuando el gobierno mexicano debió marchar a Querétaro, tras la invasión estadounidense, Luis de la Rosa, Ministro Universal, lo nombró Oficial Mayor de las cuatro secretarías que componían el gabinete de Manuel de la Peña y Peña.

El Presidente Pedro María Anaya lo designó Oficial Mayor interino de la Secretaría de Relaciones Exteriores (noviembre de 1847 a junio de 1848).

En 1849 colaboró en El Álbum Mexicano y en 1850 redactó y publicó “El Demócrata”, del que aparecieron 103 números, hasta que fue encarcelado por sus críticas a Mariano Arista.

En 1851 presidió el Liceo Hidalgo, publicó ‘La Ilustración Mexicana’, redactó ‘El Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas Mexicanas’ y fue elegido diputado suplente por Yucatán.

El 1 de enero de 1852 empezó a escribir en ‘El Siglo XIX’ bajo el pseudónimo de Fortún. Entre mayo y junio fue uno de los redactores del periódico ‘Las Cosquillas’ y Arista, ya presidente, pretendió enjuiciarlo pese al fuero de diputado, lo que obligó a Zarco a ocultarse hasta diciembre, cuando el Congreso emitió un segundo dictamen absolutorio.

El 30 de abril de 1853 se convirtió en editor responsable de ‘El Siglo XIX’, cargo que ocuparía hasta su muerte.

Durante la dictadura del último periodo santanista se le impusieron varias multas, fue obligado a no publicar editoriales y para preservar la vida del periódico lo limitó a la mera reproducción de partes del gobierno y noticias generales.

A la caída de su Alteza Serenísima insertó en el diario el Plan de Ayutla, cuando la guarnición capitalina todavía no decidía apoyar la revolución encabezada por Juan Álvarez. Se opuso a que se tomaran represalias contra los órganos conservadores y defendió su derecho a la libre expresión.

En 1856 fue elegido diputado pro Durango al Congreso Constituyente, donde ocupa 150 veces la tribuna y es, simultáneamente el cronista más puntual de esta asamblea, en la que defendió su derecho a elaborar una nueva Norma Fundamental y no simplemente a reformar alguna de las anteriores, logro que se garantizara la gratuidad en la impartición de justicia, que se entendiera la libertad de imprenta como “la más preciosa de las garantías del ciudadano” y evitó, siempre que pudo, que se pusieran taxativas a los derechos individuales. Abogó por la tolerancia en materia de cultos, se opuso a la supresión el Senado, pugnó por el federalismo y, por el voto unánime de sus colegas, redactó y leyó el Manifiesto a la Nación que precedió a la nueva Constitución.

Después del golpe de Estado de Comonfort, Zarco decidió no tratar asuntos políticos para proteger a su periódico, pero ante la hostilidad de los conservadores, el 29 de enero dejó de ser editor responsable y perseguido por los golpistas decidió ocultarse y publicar el Boletín Clandestino. Como respuesta a los asesinatos ordenados por Leonardo Márquez el 11 de abril, Zarco publicó, también desde su escondite, el folleto Las matanzas de Tacubaya.

En esa rigurosa clandestinidad, sirvió en la capital en diversas misiones al gobierno de Benito Juárez hasta que el 13 de mayo de 1860 fue aprehendido y torturado. Durante siete meses de encarcelamiento estuvo reducido a una pequeña celda donde contrajo la tuberculosis.

Con las fuerzas liberales en la capital, salió de prisión el 25 de diciembre de 1860. De inmediato editó un Boletín de Noticias que dejó a Pantaleón Tovar al volver a la dirección del Siglo XIX.

El 12 de enero de 1861 fue nombrado Secretario de Relaciones Exteriores del gabinete juarísta, puesto que asumió el día 21 y después se encargó del despacho de Gobernación. Instituyó como día de fiesta el 5 de febrero, día de la Constitución; expidió la Ley de Secularización de Hospitales y Establecimientos de Beneficencia y la disposición que impedía al Estado intervenir en la administración de sacramentos; levantó el estado de sitios y expidió una nueva ley de imprenta. El 9 de mayo de 1861 dejó el gabinete.

Fue elegido diputado a la segunda Legislatura, pero no pudo ocupar su curul. Nuevamente diputado en 1863, salió de la ciudad de México con el gobierno juarista y fundó en San Luis Potosí, el 15 de junio de 1863, ‘La Independencia Mexicana’, en el que llamó a emplear todos los medios para “generalizar la guerra contra el invasor”, en Saltillo, a partir del 16 de marzo de 1864, publicó ‘La Acción’. En este periódico aparece una serie de artículos sobre los Tratados de Miramar, que se coleccionan y publican en folleto con ese título, en Colima, al año siguiente.

Enfermo se trasladó a Estados Unidos con su familia. En Nueva York continuó su defensa de la causa mexicana en el Herald y en sus colaboraciones para el Mercurio, de Valparaíso, Chile; la Reforma Pacífica, de Montevideo; El Comercio y El Veracruz, Idea Libertad, de Puebla, y El Ferro-Carril, de Orizaba.

En noviembre de 1867 volvió a la ciudad de México, fue nuevamente diputado y reasumió la dirección y ese mismo día la Cámara de Diputados acordó que se inscribiera su nombre en el salón de sesiones.

Un día como hoy, 22 de diciembre, pero de 1869, una tuberculosis pulmonar lo llevó a la muerte con sólo 40 años de edad por lo que hoy recordamos a este periodista, escritor, orador y político liberal a 151 años de su partida.

Sin embargo, la historia de Zarco no termina con su muerte a los cuarenta años y diecinueve días cumplidos. Con su fallecimiento la ciudad se puso de luto, y todos los liberales de importancia, también. Su entierro, fue impresionante, así lo cuentan historias escritas y que continúan reposando. A pesar de lo fastuoso del entierro, se cuenta que en aquel féretro no hubo nunca ningún cuerpo, es decir, los restos mortales de Zarco no estaban en su entierro.

Por lo que se sabe, el trabajo de embalsamamiento de Zarco fue de primerísima calidad como a todo alto personaje importante debe de ser. Una vez terminado el asunto, los técnicos contratados entregaron a don Francisco en la casa de Sánchez Solís, se sabe, vestido con levita y con una gorra en la cabeza. Si se creyó que con eso terminaba la historia, resultó que no, pues a continuación Sánchez Solís puso al cadáver ante una mesa, bien sentadito –lo que habla muy bien de la flexibilidad que conservó el cuerpo-, con una pluma en la mano y en actitud de escribir.

Aquí el chisme histórico tiene dos versiones: una dice que la zarca momia se quedó “por espacio de unos seis meses” en tan elegante pose, en la casa de Sánchez Solís, y después de transcurrido aquel lapso, el diputado le devolvió el marido a la viuda, quien procedió a sepultarlo. Otras versiones aseguran que Zarco se quedó ‘años’ bajo la tutela de su amigo, hasta que algunas amistades convencieron a Sánchez Solís de que ya estaba bueno de andar jugando a los muertos vivos y que era justo y pertinente mandar al periodista a ocupar su reservación en San Fernando.

El asunto de Zarco embalsamado quedó entre los integrantes de la familia Mateos como una curiosa historia familiar. Hay datos de que, a mediados del siglo XX, aún vivía una sobrina del periodista, Lupita Mateos, quien, en la novena década de su vida, aún contaba que, de muy chiquita, vio a la momia de su tío Pancho, sentada con su gorra y su pluma en la mano.

Esta entretenida historia rebotó, como era inevitable, en la prensa de fines del siglo XIX.  En 1874, en ocasión de un homenaje que una organización literario-cultural, como era el Liceo Hidalgo, rindió a Sánchez Solís, se recordó el asunto del embalsamamiento y tiempo extra en la tierra de Francisco Zarco. La nota, publicada en El Constitucional, del 14 de abril de 1874, mereció la atención de un personaje del siglo XX, Antonio Martínez Báez, quien decidió averiguar si el chisme era cierto, y, según le contó al compilador de las obras de Juárez, el ingeniero Jorge L. Tamayo, se apersonó en San Fernando y abrió el nicho en el que, finalmente y después de tanto relajo, dormía Zarco la siesta de la eternidad.

Martínez Báez debe haber suspirado con alivio cuando, al abrir el nicho, encontró a don Pancho, en admirables condiciones. Lo que reportó el buen señor en la segunda mitad del siglo pasado, es que Zarco, vestido como la historia familiar señalaba, “estaba en buen estado”, lo mismo que la madera del ataúd. Agregaba Martínez Báez que, fuera de algunos detallitos, como el hecho de que los ojos de vidrio que tenía puestos el periodista se habían hundido en las fosas oculares, y se le había desprendido el cabello del cráneo, al igual que el gran bigote de la cara, Zarco estaba perfectamente reconocible, incluida su aguileña y pronunciada nariz.

En los años setenta del siglo XX, una ocurrencia de Luis Echeverría sacó a don Francisco Zarco de su nicho y lo puso en tierra, en el mismo San Fernando, a unos pocos metros de la tumba de la familia Juárez Maza. Algunos opinan que la tumba setentera es bastante fea. Eso sí, conservaron la placa de mármol negra con letras de bronce que le pusieron de adorno en 1869.

El carácter y personalidad de este ilustre duranguense hizo posible que el Congreso de la Nación lo declarara Benemérito de la Patria por su lucha incansable de la libertad de expresión, característica fundamental del gobierno republicano.

Un hombre capaz de hacer todo lo que quería, con muchas ganas de salir adelante y hacer todo lo posible porque México siguiera transformándose en el aspecto cultural y legal, lo que marcó el comienzo de la verdadera República Constitucional.

Con información de: Buscador.com.mx y Durango.com.mx