¡Explorando el océano cósmico!

Por: José Gutiérrez

Cuando uno disfruta del placer de contemplar un cielo estrellado, es imposible no maravillarse ante lo enorme y magnífico que es nuestro universo. Su inmensidad te sobrecoge, invitándote a reflexionar sobre lo ínfimo que es nuestro mundo y lo afortunados que somos de existir en este preciso instante de tiempo.

Los cálculos más precisos de los que disponemos estiman la edad del universo en 13.800 millones de años. Para poder comprender la enorme dimensión de esa cifra basta compararla con la historia humana. El primer homo sapiens holló la tierra en Marruecos, apenas hace 315.000 años. La humanidad aprendió a escribir jeroglíficos, a las orillas de los ríos Tigris y Éufrates en el 7.000 A.C. Poco después, y gracias a los mismos egipcios llegaron los primeros números. Nos llevó otros 5.200 años comprender el significado del número cero y empezar a calcular con él. Lo hicimos en babilonia, donde floreció la ciencia matemática, que necesito de otros 3.000 años para expandirse por la tierra. Se estima que aproximadamente en el 1.500 A.C en China ya se usaba el ábaco y se creó la primera numeración en base diez. La cultura india se inspiró en ella precisamente para el desarrollo de su propio sistema hexadecimal y los árabes a su vez utilizaron este conocimiento para introducir en la vieja Europa el actual sistema decimal. La voz del conocimiento humano habla muchas lenguas y es sumamente joven. La narración completa del ser humano apenas representa el 0,0014 % de la edad del universo. La de nuestra cultura, es aún menor, un ínfimo 0,000039 %, ciertamente… ¡somos un suspiro en el tiempo cósmico!

Si el cosmos es viejo, ¡que podemos decir de su tamaño! Las dimensiones del universo son tan enormes que, en él, hasta lo más rápido, la ágil velocidad de la luz, es lenta…muy, muy lenta. Las dimensiones del espacio son tan grandes que algunos de sus objetos son invisibles a nuestros ojos, ¡simplemente su luz aún no ha tenido tiempo de llegar hasta nosotros! De hecho, ahora sabemos que el universo crece impulsado por algo desconocido, invisible y misterioso, a lo que hemos bautizado como energía oscura. El universo no solo crece, sino que lo hace a un ritmo acelerado, tanto más veloz cuanto más lejos miramos. A cada segundo que pasa, el propio tejido del espacio-tiempo se dilata, separando más y más las galaxias, estrellas y planetas que alberga. Nuestro hogar, la Tierra, apenas es una diminuta habitación, de un pequeño piso, en un humilde barrio llamado el sistema solar. El Sol es una estrella corriente dentro de los 200.000 millones de estrellas que pueblan la Vía Láctea. Nuestra propia galaxia solo es un pequeño “vecindario” en un universo “habitado” por cientos de miles de millones de galaxias.

El ser humano apenas ha empezado a explorar este vasto universo. La nave Voyager II, nuestro más audaz emisario, tardó treinta y cinco años en abandonar el sistema solar. Esta sonda actualmente se encuentra a 18.000 millones de kilómetros de casa, lo más lejos que nunca haya llegado el hombre. Cruzar por completo su siguiente objetivo, la nube de Oort, le tomará otros 30.000 años de viaje.

Hasta entonces nuestro primer mensajero navegará en solitario por el desolado y frío espacio. Ciertamente, en la escala del cosmos somos una simple mota de polvo.

La enorme dimensión del cosmos, tanto en tamaño como en tiempo, pone la existencia humana en su justo lugar. El mayor Imperio que la tierra haya conocido, apenas es un átomo, de un grano de arena en la playa cósmica. Su duración, un simple parpadeo en la escala del universo. ¿De veras merece la pena discutir con nuestros hermanos de hogar por cosas tan nimias como el lugar de procedencia, la raza, las creencias, el género, nuestra forma de amar…? Con toda seguridad la respuesta rotunda es ¡NO!,Parafraseando al maestro Carl Sagan: “todos habitamos el mismo hogar, un pequeño y pálido punto azul perdido en la inmensidad del cosmos”.

Créditos de la imagen: Vanesa Esgueva. Instagram: @van.esgueva

PD: La excelente fotografía que acompaña este post, millones de gracias Vanesa por tu talento y generosidad, muestra la antena principal de recepción del complejo espacial de Robledo de Chavela que la NASA tiene en Madrid. Desde esas instalaciones, no solo exploramos el cosmos más lejano, allí está ubicada parte de la llamada “red del espacio profundo”, sino que, además, y hace ya más de 50 años, pudimos escuchar por primera vez el anuncio de la llegada del hombre a otro mundo. A la estación espacial de robledo de Chavela le cupo el honor de ser la primera en captar una frase célebre… ¡el Águila ha aterrizado! El 20 de julio de 1969 el módulo “Eagle” de la misión Apolo XI aterrizó por primera vez en la Luna. Al día siguiente, el comandante Neil Armstrong “daría un gran salto para la humanidad”.

“La superficie de la tierra es la orilla de un vasto océano cósmico, apenas comenzamos a navegar en él”. (Carl Sagan, 1980)

Un cordial saludo para el resto de “viajeros del cosmos” y ¡buen viento en nuestras velas!

Fuentes:

1. La referencia a la “datación” del primer homo-sapiens en tierras marroquíes hace 315.000 años se debe a la aportación de mi amigo D. Francisco Javier Guerra Hernando, biólogo por la Universidad de Salamanca.