Si tan solo tuviera yo unos pesos…

1era parte

De la serie: “Cuentos de la Congregación del Refugio”

La historia que les contaré, sucedió hace mucho, mucho tiempo, hace tanto, que ya nadie recuerda aquellos días, ya no queda nadie vivo que lo haya visto y tenga memoria, muchos años e incontables edades han pasado ya.

Esta tierra ha cambiado, nada queda de aquella edad, cuando las aguas eran abundantes, los árboles que se extendían hasta donde alcanzaba la vista en el horizonte y los caminos parecían no tener fin hasta llegar a tierras desconocidas y silenciosas hacia los abras en medio de las profundidades de los bosques antiguos y los mogotes en medio de las llanuras que eran refugios de animales y según contaban los más viejos eran antiguos cementerios de indios y adoratorios de sus antiguos dioses y sus muertos, y el mar, el mar con su inconmensurable tamaño y el cual uno no podía imaginar donde terminaría, pues pocos eran los que lo habían cruzado y solo ellos sabían cuan ancho era y esa orilla nostálgica que ha visto incontables años ir y venir con sus olas y mareas y el cielo azul gigantesco bajo el cual decenas, incluso cientos de generaciones de indios vivieron y murieron pero mudo testigo de todo aquello de lo que fue, cuentan los viejos que hacía ya muchos años del otro lado del mar vinieron sus abuelos desde la vieja España a explorar y conquistar esta parte del mundo.

En aquellos días de antaño, en la vieja Congregación del Refugio, corría el año de 1804, lo que comenzó siendo un campamento de vaqueros casi sin advertirlo fue convirtiéndose en un pequeño poblado, de casas de adobe, con techos de palmito, cercas de carrizo y una pequeña iglesia, obviamente, todos sus habitantes, ya estaban emparentados por sangre o matrimonio y si no, eran conocidos por todos, desde que llegaron a esta parte de la Nueva España tuvieron que enfrentar muchas dificultades, ora se salían las cajas del río, ora que hacía mucho frío, los animales se morían, pocos eran los niños que alcanzaban la adultez, los calores eran burtales, los zancudos invadían en números casi infinitos los Esteros y ríos y lagunas, siempre estaba la zozobra de un ataque de indios hostiles que se resistían a la conquista por parte de los españoles, pero mientras tanto, la vida iba siguiendo como de costumbre, no faltaban los fandangos, las jugadas de baraja con montecillo y la buena música o los ricos tamales que cuando se mataba algún chivo o un borrego eran todo un banquete.

Rodeaba a El Refugio una gruesa empalizada de madera semicircular a modo de muralla y con los esteros de San Juan, el de San Pablo y el de Abajo se podía uno defender de los ataques de los Apaches y Comanches que bajaban de la provincia de Tejas a robarse cuanto podían, las cuatro naciones de indios que por acá vivían siguieron viviendo como lo habían hecho desde hacía incontables generaciones, de cuando en cuando venían a comerciar con nosotros o ayudaban en algunas tareas, de hecho, ellos nos ayudaron a construir la palizada y también alguno que otro esclavo traído desde África; ‘Los negritos’, que se trajeron de allá de Veracruz los Capistrán y los Falcón que les ayudaban con el rancho, también había algunos vecinos que venían de Linares, Mier, Revilla, Cruillas y casi todos los antiguos y más viejos vecinos de Camargo, además de alguno que otro español como Don Vicente López de Herrera oriundo de la Villa y Corte de Madrid o como Don Cayetano Medrano que por más que preguntamos no supimos si venía del Reino de Castilla o Aragón.

Casi todos en El Refugio vinieron a correr las mesteñas, criar caballos y amansarlos y el ganado menor, naturalmente, todos eran muy diestros jinetes, vaqueros y pastores, muchos habían llegado con la promesa de una vida mejor como lo fue Don Onésimo Salinas que con los reales que pudo reunir compró un rancho y se dispuso a trabajarlo con sus hijos y sirvientes, conforme pasó el tiempo pudo reunir bastantes pesos y así convertirse en un vecino importante y notorio en El Refugio, pero de lo que más se enorgullecía, era de su preciosa hija, María Josefa, quien era su adoración y se la había educado con esmero, claro, en cuanto y como se podía en un lugar tan apartado y sencillo como en estos parajes en donde no hay siquiera piedra o madera para construir buenas casas de piedra o madera regular.

María Josefa, era una muchacha muy bonita de cabello negro azabache, ojos claros como la miel de abeja y muy grandes, aunque en su infancia su piel había sido del color de la nieve, con los rigores del trabajo en el rancho y el sol que por estos lares es inclemente y las más veces la hacía ruborizarse se había tostado su piel ligeramente, cuando iba por agua al estero con un jarro para las tareas de la casa se antojaba como una princesa de las hadas que había salido del bosque con lo cual atraía las miradas de todos los muchachos de la Congregación y de no pocos vaqueros veteranos que no por estar ya velados y casados por la iglesia podían ignorar tanta belleza, lo mismo pasaba con las otras muchachas que la veían con recelo por distraer la mirada de sus pretensos y sus maridos, cuando se reunían a lavar ropa en el estero o en el río se corrían mil y un chismes en torno a su persona, y todas participaban, tanto las viejas como las que apenas estaban en edad de participar en aquellas conversaciones: “Fíjese usté´ Doña Jesusa que yo vi a la niña Josefa salir bien tarde con un vaquero, pero que no le vi cara, andaban para el camino a Santa Fe”, “No oiga usted niña Vicenta, que yo escuché que la vieron allá por el Sacramento entablando amistad con un pastor que es de buen ver”, “Yo la vi que acompañando con Don Onésimo allá por Caja Pinta de los Cisneros se estaba viendo a escondidas con un vaquero por los rumbos del mar”; y así se les iba la tarde, pero nunca pudiendo comprobar nada.

Uno de los tantos sirvientes de Don Onésimo Salinas era el vaquero Luis Olivares, que venía de Burgos y se había avecindado en El Refugio porque en su casa no tenían las más veces para comer, harto de padecer miseria y hambre, se decidió salir a probar fortuna en el mundo, mundo que se le terminó en El Refugio ya que sin haber nunca ido a la escuela y medio ir a oír misa no pudo encontrar otro trabajo honesto al menos, que el ser vaquero, cuando conoció a Don Onésimo era apenas un chiquillo de 16 años y comenzó siendo pastor de borregos, conforme pasó el tiempo aprendió el oficio de vaquero, vida dura y que muy pronto lo curtió a punta de partirse el lomo de sol a sol, con sus manos ásperas, cara un tanto ennegrecida por el sol y cicatrices causadas por los mismos peligros del camino, aprendió a usar el mosquete, la adarga, la espada y la lanza ya que en las diligencias para vender los burros manaderos y caballos de rienda siempre asechan bandas de indios o ladrones y había que hacerse a las armas.

Y sí, habría prosperado de no ser porque apenas entró en el servicio con los demás vaqueros y sirvientes es que se hizo de todos los vicios de los que se podía abusar en El Refugio, en los tendajos se vendía un vino de los más baratillos que, la primera vez que lo obligaron a beber con sus cofrades no aguantó más de tres tragos sin antes perder la razón por no estar acostumbrado a la bebida, fue su segundo bautismo, pero con la bebida preferida del antiguo dios Baco, gustole tanto este vino barato que muy pronto se hizo afecto a él y siempre al terminar su ardua labor pasaba al tendajo de Don Cayetano Medrano y se compraba una botellita de a medio real, aunque las más veces la pedía fiada, siempre decía lo mismo: “Ay me lo anota en su libro de caja Don Cayetano, es que ando sin blanca”, el viejo español solo veía con una mirada de cierto desdén y solo le contestaba: “Pero a fin de mes me lo pagas Luis, sin excusa ni pretexto” con su marcado acento peninsular, y sí, al final de mes, iba y le pagaba, pero pues, el jornal que le pagaba Don Onésimo apenas y le alcanzaba para pagar lo que había sacado fiado en la tienda, de tal suerte que siempre andaba harapiento, sus botas viejas, gastadas y polvorientas, su sombrero aún más viejo que las botas, su capa, pantalones y pañuelo ora todos llenos de remiendos que por caridad una vecina le hacía, en vano su vecina, una viejecita viuda que algunas veces por caridad le lavaba la ropa y le daba alguna comida le decía: “Ay Luisito, mira, ya no tomes tanto, empieza a ahorrar unos reales para que ya no andes tan fregado”, saludables consejos que Luis nunca escuchó y siempre hizo oídos sordos.

Continuará