Si tan solo tuviera yo unos pesos…

2da parte

De la serie: “Cuentos de la Congregación del Refugio”

Los domingos invariablemente se escuchaba misa, las más veces dándola el Bachiller Don Felipe de la Garza y Guerra, ya que el Padre Ballí siempre andaba ora en Saltillo, Laredo o Monterrey ocupado en sus negocios y asuntos de la Iglesia o ya bien para la Isla del Brazo de Santiago; Luis Olivares iba por obligación y no le gustaba, era solo para que no lo molieran y le reclamaran y no convertirse en paria, ya que de por sí no se lo tenía en muy buena estima, y apenas saliendo de misa se sentaba en una esquina de la plaza de armas junto con otros vaqueros de imaginación carnal y a ver a cuanta muchacha se paseara por ahí y haciendo corillos entre ellos, presumiendo sus hazañas amorosas, entre medio ciertas pegado con cosas inventadas para ganarse la admiración y el respeto de sus compañeros.

Una pequeña iglesia hecha de palos, lodo revuelto con zacate y techo de palmito es donde los pobladores de El Refugio escuchaban misa.

Así más o menos iban casi todos los días de Luis Olivares, trabajar de sol a sol por un mísero jornal, bebiendo y jugando se la pasaba cuando no estaba trabajando y cuando podía se iba a las afueras de la Congregación a visitar las pulperías donde se juntaban personas de escasa o muy mala reputación y que eran vistas como parias por todos los demás vecinos ahí se jugaba, se comía y se juraba sin ningún temor y sin saber si algún día saldría de ese hoyo, Luis tan solo soñaba un día encontrarse un tesoro y volverse rico, rodearse de criados que lo sirvieran y vivir en un palacio suntuoso, pero nada más sentía el agua helada que le caía en la cara cuando se la aventaban para que se levantara a trabajar ya que por haber bebido tanto se le hacía tarde para otro día más de trabajo bajo el sol implacable.

En las pulerías concurría gente de escasa o muy mala fama.

Pero lo que más le pesaba y una de las cosas que más le hacían sufrir eran los sentimientos que tenía hacia Josefa, siempre recordaba la primera vez que la vio siendo un muchacho de 16 años, estaba pastoreando los borregos cuando de pronto, de las soledades de aquellos parajes la vio con su cántaro acarreando agua, la vio y se quedó pasmado, como quien ha visto algo irreal que no corresponde a nuestro mundo, su figura hermosa, su negro y largo cabello que de tan negro hasta azuleaba y brillaba con el sol y su piel que parecía de porcelana hizo que su corazón cayera rendido ante tal belleza que creía que perdería la razón, durante muchos días y noches no pensaba en otra cosa que no fuera Josefa y así comenzó a hacer castillos en el aire, de cómo saldría de su pobreza, de cómo sería un rico señor y a ella la tendría a su lado como una princesa, con un castillo como el del Rey de España, con carruajes y jardines preciosos y todos los días disfrutando de la comida más selecta y refinada.

Pero ¡zaz! Todo aquello terminaba como quien revienta una pompa de jabón cuando sentía el latigazo cruel de sus compañeros que lo sacaban de su mundo mágico y sus sueños fantásticos, y de nuevo, a seguir trabajando, hasta que el sol se pone…

‘Correr las mesteñas’ era el principal oficio de los vaqueros, amansar los caballos para después venderlos en Veracruz o Monterrey.

Muy pronto aquellos bellos sentimientos se vieron envilecidos por las malas costumbres y vicios a los cuales conforme pasaba el tiempo se hizo afecto, sus carnales imaginaciones despojaron de toda santidad a la imagen de Josefa, solo quería poseerla como quien posee una pieza de caza y exhibirla como una trofeo o una medalla y decir ufanamente: “Es mía”, al principio no se le cruzó en la mente la idea de asediarla, primero, tímidamente seguía hasta donde podía sus pasos, ora ya el Estero de San Juan ora ya al Estero De Abajo, al río, cuando iba al tendajo, después por las noches solía asediar el jacal donde ella inocentemente dormía y mucho habría querido el intentar traspasar su puerta, pero para su desgracia y la fortuna de Josefa, Don Onésimo era de los pocos vecinos de la Congregación que tenía puerta de madera con cerrojo, porque los demás, tan solo un cuero colgado en el marco era lo que hacía de puerta, si no, si se hubiera logrado cometer sus más negros pensamientos.

En pobres jacales como estos muy seguramente vivieron las antiguas gentes de El Refugio.

En las pocas ocasiones en que había fiestas en la Congregación y vaya que eran muy pocas, porque en este lugar tan estéril de riquezas en el sentido de que no habían reales contantes y sonantes en las calles Luis siempre asediaba a Josefa, ora ya con lisonjas, ora ya con súplicas, ora ya siendo arrogante, pero Josefa apartaba con horror su mirada por lo andrajoso de su aspecto, mal vestido y harapiento, con su hedor al no bañarse por días o incluso semanas y por apestar a vino, en las más veces siempre le decía: “Aléjate de mí mendigo borracho harapiento”, dándole la espalda y dejándolo furioso, colorado de tanto coraje y con las mandíbulas intrincadas y tan solo alcanzaba a mascullar entre dientes: “Ah, pero ya verás maldita, algún día haz de ser mía”.

Cuando había fiestas en El Refugio a veces llegaban comerciantes ambulantes y había vendimia de comidas

Un día, estando ella conversando con su amiga de infancia Refugio, llego de improvisto Luis con su caballo, acababa de terminar sus tareas, se bajó del animal y sin mediar palabra le arrebató a la fuerza un anillo que le había regalado su padre hecho de plata sin quintar que en una Feria de Saltillo hace mucho tiempo ya y así haciendo le dijo: “Esto es prueba de que ya me diste palabra de casamiento, ora ya ves niña, conmigo te has de casar, y si así no lo haces ya verás”, a lo que Josefa, sin tantito miedo por aquel atrevimiento muy enojada y con valentía que caracterizaba a las mujeres de El Refugio que acostumbradas a la vida ruda del campo le gritó: “Se casará usted y el diablo, porque primero yo muerta, chingado con usted Luis, váyase con las mujeres de los lupanares y tome su vino barato hasta perderse como el buen borracho que es” y Luis le contestó: “Si tan solo tuviera yo unos pesos me amarías” a lo que Josefa le contestó “Pero no los tienes Luis y eres un echado a perder, mal cristiano y  vaquero que de pobre nunca saldrá por lo flojo que es” apenas terminó de decir esto un piedra le arrojó con tan buen tino y tanta fuerza que en la merita boca le dio, tirándole uno de los dientes delanteros, dejándolo chimuelo para siempre, evidenciando aquella mala acción cada vez que hablara, cayendo de inmediato al suelo Luis y apenas se iba incorporando hecho una furia iba desenvainar su machete cuando de pronto apareció Juancho, uno de los sirvientes más leales de Don Onésimo y viendo como peligraba la hija de su patrón no lo pensó dos veces y con gran destreza le dio tan certero latigazo en la espalda y tan fuerte, que de nueva cuenta cayó al suelo, así, golpeado y derrotado fue llevado entre Juancho y Calixto otro sirviente ante la presencia de Don Onésimo por la falta tan grave que había cometido.

“Tú, mendigo animal desagradecido, te doy trabajo, te doy un techo y hasta te ganas el sustento bajo mi cuidado, mendigo borracho, como pues tu levantaste tu arma contra mi hija, ahoritita te me largas de mi casa y da gracias a que no tengo reales para meterte juicio y te meta preso Don José María Ballí, lárgate y no vuelvas” le grito Don Onésimo encolerizado al mismo tiempo que como despedida le dio un tremendo puñetazo en la nariz con tanta fuerza que se la dejo aplanada como una oblea, la cual se le deformó para siempre y acto seguido, los demás criados lo molieron a palos dejándolo como trepadero de mapache, así, molido a golpes, con la nariz rota, sin un diente y sin ni un peso partido por la mitad se dejó caer tristemente a llorar su suerte a un lado de la iglesia junto con otros harapientos pero como ya todo mundo se había de tal escándalo en casa de Don Onésimo nadie le prestó atención.

Luis Olivares junto con sus cofrades de parranda, míseros, harapientos, pobres y hambrientos se pone a llorar su suerte

Continuará…