¿Extraterrestres?

Por Juan Rodríguez Vega

Lejos de frenar las especulaciones sobre los seres extraterrestres, el nacimiento de la astronomía científica las alimentó. En la Edad Media, el modelo del sistema solar de Copérnico situó el Sol en el centro, y describió los planetas no como simples puntos de luz en movimiento, sino como otros mundos. Esta transformación promovió ideas fantásticas sobre la vida en esos otros planetas.

Johannes Kepler

En su libro Somnium (El sueño), el astrónomo Johannes Kepler llegó incluso a describir una población lunar de criaturas reptilianas que poseían una inteligencia moderada, a las que llamó subvolvanos o privolvanos, dependiendo de la cara de la Luna en que habitaban. Sostenía asimismo que la Luna “existe para nosotros en la Tierra” y que, por tanto, las cuatro lunas de Júpiter deben existir para los jovianos.

“A partir de esta línea de argumentación”, declaró, “deducimos con el más alto grado de probabilidad que Júpiter está habitado.”. Kepler no era el único que tenía estas fantasiosas ideas. El astrónomo holandés Christiaan Huygens produjo un tratado entero que tituló Cosmothereos, publicado en su forma final en 1698, en el que intentaba convencer a sus lectores de que había otros planetas habitados.

A lo largo de los tres siglos siguientes, las observaciones astronómicas mejoraron enormemente, y se redujeron las perspectivas de hallar vida inteligente fuera de nuestro planeta. Al entrar en el siglo XX, sólo un planeta permanecía en la lista de candidatos: Marte. Cuando yo estudiaba secundaria, la creencia popular era que el planeta rojo podía estar habitado. Fue siempre el planeta preferido de los escritores de ciencia ficción, y la palabra ‘marciano’ llegó a ser casi sinónimo de ‘alienígena’.

Científicos han hecho llegar a Marte robots para buscar vida en en el planeta.

No puede descartarse en absoluto la presencia de vida en Marte. Es obvio que es menor que la Tierra, y por tanto tiene menos gravedad, y además está situado a mayor distancia del Sol, por lo que es frío. Sin embargo, posee una atmósfera, aunque fina, y la temperatura de la superficie puede subir a veces por encima del punto de congelación del agua.

A mediados del siglo XIX, los telescopios eran lo bastante grandes para revelar muchos rasgos de su superficie. Los astrónomos pudieron observar entonces cómo crecían y se encogían casquetes polares, así como cambios del color que sugerían la presencia de vegetación.

Angelo Secchi

En 1858, Angelo Secchi, un monje jesuita italiano, comenzó a cartografiar Marte y denominó canali, canales, a unos accidentes de aspecto vagamente lineal. Veinte años más tarde, un compatriota suyo, el astrónomo Giovanni Schiaparelli, produjo mapas mejores de Marte, y utilizó también el término de Secchi, canali. El sobrenombre se tradujo libremente al inglés como ‘canales’, una palabra que sugería un carácter artificial.

Los ‘canales’ de Marte prendieron en la imaginación de un acaudalado escritor y viajero americano, Percival Lowell, quien construyó un observatorio en Flagstaff (Arizona) dedicado a estudiar Marte y buscar pruebas de la existencia de vida. Hacia el año 1900, Lowell estaba convencido de poder distinguir no ya signos de vida, sino de vida inteligente. Comenzó entonces a elaborar detallados dibujos que mostraban complejas redes de líneas, que interpretó como acueductos construidos por una civilización avanzada para transportar el agua fundida de los casquetes polares hasta las áridas regiones ecuatoriales (véase la lámina 2). Más o menos al mismo tiempo, H. G. Wells escribía su obra maestra, La guerra de los mundos.

En la época en que Wells y Lowell publicaron sus obras, no faltaban razones para creer que Marte podía albergar vida inteligente, una idea que persistió en algunos círculos hasta los albores de la era espacial. Entonces, en 1963, la NASA lanzó una sonda espacial llamada Mariner para sobrevolar Marte.

Sonda Mariner 2.

Las imágenes que envió a la Tierra mostraron un paisaje yermo, muy rico en cráteres, que se parecía más a la Luna que a la Tierra. Otras sondas que siguieron a Mariner midieron, para decepción de algunos, una presión atmosférica muy baja, sin trazas de oxígeno. Sin oxígeno no puede haber capa de ozono, así que la superficie de Marte es bombardeada por la fulminante radiación ultravioleta procedente del Sol.

Un frío terrible, una atmósfera tenue y una superficie bañada por rayos ultravioletas constituyen una combinación bastante letal, de modo que las esperanzas de hallar vida en Marte comenzaron a desvanecerse. Es significativo que las sondas Mariner no encontraran ni rastro de los famosos canales, aunque fotografiaron sistemas fluviales secos. Los canales de Lowell resultaron ser un producto de su fértil imaginación, un caso más de pensamiento ilusorio que de datos científicos.